miércoles, 22 de septiembre de 2010

COMO UN PERRO (CIFU)

El jueves pasado estuvimos tocando en el Teatro Principal de Zamora, en una suerte de “muestra” de música folk para programadores de teatros, que se hacía eco de lo que se está cocinando en este entorno musical en Castilla y León y en la zona colindante del Duero al otro lado de la raya, en Portugal.
En una intervención que hice entonces valorando el encuentro como positivo, dado que su intención última es consolidarse como evento permanente que sirva para impulsar nuestro acervo musical, no pude evitar añadir la puntilla de decir que no le vaya a pasar a nuestra música lo mismo que le está pasando a nuestros pueblos, que como forma de vida están predestinados a la desaparición, dado que desde las políticas agrarias y económicas trazadas por la mano oculta de la zarpa oscura que gobierna el mundo, el reparto de papeles está ya establecido.
Sucedió que posteriormente a nuestro concierto y estas palabras, uno de los participantes que por allí estaba me dijo (con todo el cariño, creo) que debería hablar en positivo, que la gente no quiere escuchar supuestos catastrofistas que oscurecen la disposición de la gente.
Está claro que a nadie le gusta que le amarguen la fiesta, pero es que hay que distinguir si la realidad que nos rodea es una fiesta, o es una realidad dura que tiene pocos motivos de celebración, cuado ves que el entorno rural, sobre todo el de los pueblos pequeños, es un espacio que aunque potencialmente tendría recursos para el desarrollo, la máquina de hacer dinero los ha destinado al ostracismo unidireccional del “turismo y el ocio”, limitando su economía y el esfuerzo que rompió las espaldas de nuestros abuelos que se preocuparon por tener sus cultivos como una patena, a reconvertirlos hoy en monte descuidado que incluso es peligroso por lo que facilitan la expansión de los incendios.
Para nada me gustan los discursos catastrofistas. Ojalá pudiese llenarme el pecho de lo contrario, pero es que la raza humana que gastamos en estos tiempos es así, como lo que hizo un hombre de 66 años y vecino de Alcoletge (Lleida) que con ánimo de acabar con la vida de un perro de su propiedad, lo ató a su vehículo, un R-12 tipo ranchera, y lo arrastró 700 metros a toda velocidad por el asfalto de un camino vecinal arrojándolo después junto a un puente, donde murió.
Estamos arrastrando sobre las piedras nuestro propio futuro y el de los que nos siguen, y en el desgarro que se produce, a mí al menos no me quedan ganas de andar celebrando lo bien que va todo.

Jesús H. Cifuentes - el norte de castilla -

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